Friday, March 5, 2010

Un Favor a Propósito del Terremoto en Chile

Por Andrés Figueroa Cornejo
Mi pueblo arde en las plazas públicas y las veredas, aterido por la inclemencia telúrica que cayó como una maldición en medio de la noche del 27 de febrero.
Mi pueblo es noble y sencillo. Como todos los pueblos del mundo. Sus madres persiguen el alimento para sus hijos. Así la noche agazapada huele a calor y hace invisible los terrores infantiles.
Es cierto, mi pueblo no está organizado como el ángulo matemático de las estructuras. Pero paulatinamente se despereza de tantos años de gorilas, primero, y luego de los administradores del egoísmo y la competencia y la concentración de la riqueza.
En medio de mi pueblo hay delincuentes, gente sin salida que busca el dinero perverso con el deseo secreto de ser rica un día -en el sentido de acumular muchas más mercancías que las precisas para vivir decorosamente y también ser famosa y dominar a otros-. Pero mi pueblo, los millones que trabajan sin contrato por un salario que alcanza apenas para endeudarse, son la mayoría. Mi pueblo no es sinvergüenza, ni ladrón, ni asesino. Y los que delinquen son una fracción fabricada por la miseria y la ignorancia.
Los medios de comunicación de masas en Chile, especialmente la televisión, están bajo control absoluto de la minoría privilegiada que manda en la economía, en la política y que es dueña del Estado. Por eso mi pueblo siempre aparece en las pantallas como víctima sin vuelta o victimario, y los poderosos como gente de bien. Y la televisión -la recreación más barata que tiene mi pueblo- es el modo de domesticar, construir temor ambiental y opinión pública siempre favorable a la visión de las cosas que tienen los que poseen todo. Al respecto, la iglesia oficial y la educación formal no se quedan atrás.
En Chile los militares son la guardia armada de los intereses del capital y de la propiedad privada. Por eso en la hora de la desgracia y el terremoto, la oficialidad y la tropa ordenada por la oficialidad, es destacada para custodiar los supermercados y no para ponerse al servicio de los dolores de mi pueblo. Siempre resulta una paradoja extraña que la tropa, que es tan pueblo como el que más, se ponga del lado de la minoría.
Chile no es un país desarrollado. El terremoto devastó también el avisaje publicitario edificado por los poderes para el turismo financiero y el inversionismo transnacional. Chile sólo es exportador de cobre, un poco de madera, pecado, uvas y plataforma de negocios para la región. Es despojado de sus recursos naturales por fuerza y decreto. En Chile ni siquiera queda industria textil. El 60 % de los trabajadores vende algo para vivir y está subcontratado o simplemente no tiene contrato, ni seguridad social. El 80 % se atiende en el espanto de los hospitales públicos -cuyos trabajadores son mártires-, y educa a sus hijos, pagando lo que no tiene, a una enseñanza particular privada pobremente subvencionada por el Estado, la cual sólo repite hasta el hartazgo, las distancias de clase. Porque Chile es una sociedad de clases, y una de las más desiguales del planeta.
Pero mi pueblo también apura su armadura cuando las crisis económicas y naturales le golpean el pecho. Entonces se solidariza, se encuentra en la calle, se reconoce de a poco otra vez, se esperanza, se conduele y de tanto buscarse, comienza a espejearse en el otro como un igual.
Mi pueblo tiembla de ternura cuando está en apuros y entonces sus trozos empiezan a reunirse. Mi pueblo es noble y sencillo. Como todos los pueblos del mundo. Y aunque la televisión ensucie su pantalla con saqueos editados convenientemente para los intereses de los pocos, e incluso, aunque una fracción de mi pueblo habite la puerta mugrosa e individual de la delincuencia, hoy estuve en la calle viendo con gente que acampa en las calles de Santiago viejo a cantores populares y aplaudimos un documental proyectado contra una pared sobre unas mujeres colombianas y pobres que se autoorganizan ejemplarmente en ese territorio tan vasto y dolido.
Cuando usted observe o tenga noticias de mi pueblo no olvide, y es un pedido colectivo, que ha sido muy magullado por asuntos bien conocidos, pero que está hecho de materiales sensibles, amorosamente desordenados, igual que el pueblo suyo.
*El autor es periodista chileno y encargado de comunicaciones del Movimiento de los Pueblos y los Trabajadores (MPT). El articulo fue publicado originalmente por el periódico digital Rebelion.

Sunday, February 14, 2010

La Concertación y Piñera: los Matices Invisibles

Por Andrés Figueroa Cornejo*

Ahora ocurre que el gobierno concertacionista, a un mes de su partida de La Moneda, luego de que Piñera diera a conocer la composición de su primer gabinete, ha bautizado a la próxima administración, como “el gobierno de los gerentes”, comparándolo con el mandato del derechista Jorge Alessandri de 1958. El mote acuñado por la Concertación para el multimillonario no es incorrecto; lo falso es el intento de la componenda derrotada en las últimas elecciones de representarse así misma como la alternancia popular, toda vez, que las políticas anunciadas por Piñera no resultan estratégicamente antagónicas a las implementadas durante 20 años por Aylwin, Frei Ruiz-Tagle, Lagos y Bachelet. Por el contrario, son complementarias y continuistas. No por nada, un democratacristiano, ex presidente de esa tienda, y con un abundante prontuario de cargos públicos los últimos 20 años de gobiernos civiles, será el ministro de Defensa de Piñera.
Como el Imperio norteamericano (en aprietos por el acoso chino e hindú), tanto la Concertación, como la Alianza por Chile (tanto, la nueva derecha, como la antigua) forman el marco de gobernabilidad para dicha del capital y condena de los pueblos, y está garantizada por dos agrupaciones de representación política cuyos proyectos jamás resultan excluyentes, sino siempre siameses. Como los demócratas y los republicanos en EEUU.
En el capitalismo otoñal –destructivo de fuerzas productivas, de trabajo precario, de despojo de recursos naturales; belicoso, alienante, estructuralmente desigual, regido por el capital financiero especulativo; inhumano, que concentra la riqueza y democratiza la miseria-, Chile no sólo es cobre, madera, pescado y racimos de uva para la exportación. También es el sitio donde se experimentan de manera fundamentalista y como vanguardia, las fórmulas más radicales y de última generación del capitalismo. Lo que en Chile ocurre primero, se replica en el vecindario mundial, de acuerdo a las resistencias y variantes moduladas por la lucha de clases en cada territorio o país en particular. Basta darle un vistazo a la privatización ampliada de los ahorros previsionales, la salud, la educación, el mar, los recursos naturales, la tierra, los barrios, las carreteras, el borde costero, y las obras “públicas”. Por eso el planeta capitalista y sus polos centrales, colocan a Chile como paradigma económico y político, a través de sus instituciones-industrias de la deuda mundial, como el FMI, el BM, la OMC y las calificadoras de riesgo.
En la misma línea, La Nación de Argentina bautizó como “el gobierno de los técnicos” al inminente mandato de Piñera en el país. Asimismo, El Clarín trasandino relevó el rol de consultor del Fondo Monetario Internacional del que será ministro de Hacienda, Felipe Larraín; mientras el Financial Times de Londres señaló que la designación de Larraín es un signo de “continuidad macroeconómica”. La BBC, por su parte, aseguró que la misión de la nueva cartera ministerial deberá “centrarse en impulsar el crecimiento económico y la creación de empleos, junto con continuar con las políticas sociales de la Presidenta saliente, Michelle Bachelet.” En buenas cuentas, se impone la sugerencia de que la administración de la derecha vieja no debe dejar de implementar los procedimientos de contención y control social inaugurados por la Concertación por medio del asistencialismo a los quintiles más pobres de la población. Asimismo, el discurso piñerista de ubicar a tecnócratas en los ministerios cumple los objetivos de ofrecer la impresión de “neutralidad” y “eficiencia” por sobre la partidocracia de las carteras; y refleja el mito burgués de que un país se puede manejar “con éxito” igualmente que una empresa cualquiera. Naturalmente, y del mismo modo que la Concertación a lo largo de sus 2 décadas en el Ejecutivo, los “especialistas” son cualquier cosa menos neutrales.
Sin embargo, el economista, analista y académico de la Universidad de California, Sebastián Edwards, al conocer el gabinete y los criterios de su formación, señaló que “Me temo que muchos de estos ministros no durarán mucho tiempo en sus puestos” debido a “la ausencia de experiencia política”. La campaña del diario La Tercera (derechista como el que más) también ha “tirado las orejas” a Piñera en el mismo sentido que Edwards. Esto quiere decir simplemente, que la inteligencia de la vieja derecha, permanentemente irá supervisando los pasos de Piñera con el fin de que la alianza que representa gane también las próximas elecciones de 2013. Tomando nota, Sebastián Piñera, rápidamente, se contactó con el UDI (ultra conservador), Pablo Longueira, para reordenar el loteo partidista del nuevo gobierno. Todavía hay que repartir la piñata de las subsecretarías, intendencias y otros sabrosos bombones. Pero para ello hay tiempo suficiente.
Al ex candidato presidencial de la UDI, Joaquín Lavín (quien estuvo a unos cuantos miles de votos de ganar las elecciones contra Ricardo Lagos en 1999), le “tocó” encabezar el ministerio de Educación. Aquí no es extraño hipotetizar que procurará cambiar el pago de la deuda histórica con los profesores por la eliminación del Estatuto Docente (que es una suerte de carrera profesional que ofrece cierta seguridad laboral a los educadores). Es el mismo trato generalizado de los empresarios al enfrentar una negociación colectiva con los trabajadores: cambian los reajustes salariales y el mejoramiento de las condiciones de trabajo por un bono de fin de conflicto. Ya la educación particular y particular subvencionada en Chile raya en un 60 % respecto de la pública y gratuita. Ello es una tendencia impulsada por la Concertación que ya tiene un movimiento propio. En este ámbito, Lavín ya tiene “la pega” hecha. En el mismo sentido, las políticas del ministerio del Trabajo consagrarán la flexibilidad laboral, el casi inexistente poder negociador de los asalariados; el fin de la indemnización por años de servicio canjeado por un ridículo seguro de cesantía; y la consolidación del subcontratismo y la tercerización. Todo ello también es una tendencia pavimentada por los gobiernos concertacionistas.
El resto de los ministerios está liderado por probados empresarios, gerentes y tecnócratas del capital. Se desploman las máscaras “ciudadanistas” de los gabinetes de la Concertación (donde también había empresarios) y los trabajadores y el pueblo enfrentarán el rostro puro y duro de los intereses corporativos que rigen la estrategia burquesa para Chile. Al respecto, la Concertación –con ingentes recursos y lengua bipolar- intentará reconquistar al electorado ofreciendo mayor regulación económica, más y mejor trabajo, más democracia, y criticando las mismas políticas que ellos implementaron sin asco durante los 4 gobiernos consecutivos que capitanearon.
Mientras tanto, la izquierda anticapitalista prepara sus luchas y propuestas, cautelando su independencia política respecto de la Concertación. En este ámbito, el anticapitalismo en Chile amplía su plataforma de lucha, tonificándola con las nuevas formas de expoliación del capital contra el despojo de los recursos naturales; propiciando un nuevo sindicalismo acorde a la actual organización del trabajo; incorporando sinceramente al ambientalismo consecuente; y las luchas ancestrales de la mujer y de los pueblos originarios a su carta de navegación estratégica. Es cierto; estos días son opacos y enemigos de la emancipación. Sin embargo, la fatalidad de la coyuntura comenzará a destruirse combinadamente, con ideas y en la calle, en los lugares de trabajo, en las aulas y en las poblaciones; arruinando el sectarismo, exudando unidad popular. Las maneras del anticapitalismo sólo pueden desenvolverse en un solo movimiento que sintetice la protesta con la construcción del proyecto político de los pueblos y los trabajadores.

*El autor es periodista chileno y encargado de comunicaciones del Movimiento de los Pueblos y los Trabajadores (MPT). El articulo fue publicado originalmente por el periódico digital PiensaChile.

Tuesday, February 2, 2010

La Derrota de la Concertación y la Izquierda

por Alejandro Ríos S.*
Los resultados de las elecciones presidenciales en Chile, que significaron la derrota de la Concertación han provocado una serie de comentarios y análisis no sólo en el país, sino también fuera de él.
Los análisis desde dentro de la Concertación –pasados los primeros días- han sido controlados desde un principio. A su pesar reconocen la derrota, pero tienden a evitar a toda costa que se produzcan quiebres y que se dañe la imagen de la Presidenta. El lema pareciera ser “cuidar” la unidad por sobretodas las cosas. Eso quedó claro, después de sus respectivas reuniones el fin de semana pasado (23 y 24 de Enero) todos los partidos decidieron “mantener la unidad”, “no ahondar en el análisis profundo de la derrota” y preparar los recambios necesarios para el próximo período, sin que los líderes salgan dañados. Así en la Democracia Cristiana (DC) confirman en su cargo a Juan Carlos Latorre, en el Partido por la Democracia (PPD) proponen de nuevo a Pepe Auth como candidato a presidente, en el Partido Radical Social Demócrata (PRSD) vuelve José A. Gómez de presidente y en el Partido Socialista (PS), Camilo Escalona negocia saliendo sin ni un rasguño y asume Fulvio Rossi hasta nuevo aviso. La autocrítica, el reconocimiento de los errores y las responsabilidades personales estuvieron ausentes en todos ellos.
Si alguien pensó que la derrota provocaría una necesaria y exhaustiva evaluación, para poder diseñar la estrategia futura, se equivocó. Más fácil es echarle la culpa a ME-O y a las platas de la derecha.
Es probable que haya un cambio de discurso, nuevas estrategias en lo político, pero buscar en lo profundo, nada. Es casi seguro que la Concertación seguirá existiendo. Hasta el instante no se ven fisuras, salvo uno que otro grito aislado. Manipularán de nuevo a las bases, a la CUT, pero eso de hablar de estar en sintonía con la gente, creo que no, porque eso es una contradicción. El desarrollo del modelo económico del cual son confesos seguidores, no permite “servir a dos señores” no pueden estar bien con los empresarios y al mismo tiempo con los intereses de los trabajadores y pueblo pobre en general. Por eso no cambiarán. Porque tienen que seguir defendiendo el sistema y eso supone dejar los intereses de los más pobres y de los trabajadores en segundo plano.
El futuro de la Concertación es aún incierto, pero no es nuestra principal preocupación. El punto central que me interesa abordar son las implicancias de la derrota de la Concertación en el campo de la Izquierda chilena.
Partamos por definir la izquierda. Sin que a nadie le preocupe, se acepta llamar a la Concertación una alianza de centro-izquierda. Suponiendo que el centro es la DC, el PRSD y PPD y la Izquierda, el PS. Es diferente cuando la derecha llama a alguien de Izquierda o lo hacen desde otros sectores. En EEUU, para los ultraconservadores, Obama es de Izquierda. En Chile, para la derecha el PS y PPD y obviamente el PC son de izquierda, Más allá del PC son todos terroristas.
El PS, se define asimismo de izquierda, heredero del legado de Allende, dueño de los símbolos y dicen ser socialistas moderados. Sin embargo, desde un punto de vista mucho más serio, no hay duda que los símbolos y los timbres no avalan para nada los principios que sustentan este partido. Abandonaron el Marxismo-leninismo como base de principios y método de análisis de la realidad. Han ocultado de modo deliberado el legado de Allende, sólo han conservado el monumento. Han abrazado el capitalismo como forma de organización social y económica, y no hace diferencia de si es de mercado social o no. Destruyeron conciente y sistemáticamente la organización nuclear que daba sustento a la democracia interna y el desarrollo de las ideas, para convertirlo en un partido asambleísta útil al apetito de caciques y padrinos, más dispuestos a utilizar el partido para manejos oscuros, adquirir poder dentro del gobierno y servirse del Estado para objetivos personales. Eso inevitablemente condujo al alejamiento de las bases y al corte de su cordón umbilical con los trabajadores y gente pobre. Cuando se elige el capitalismo, se pasa al lado del enemigo de la clase obrera. (Muchos ven estas reivindicaciones del marxismo y del concepto de clase como “análisis anacrónicos” de “los que se niegan a ver la nueva realidad”, “de los que no dan cuenta de los nuevos tiempos”, pero la realidad es más porfiada y esos enunciados siguen vigentes). De manera que este PS no tiene absolutamente nada que ver con el PS que tenía en su interior sectores que reivindicaban el socialismo y postulaban un camino revolucionario. En otras palabras se puede afirmar que al interior de la Concertación NO HAY IZQUIERDA, al menos como siempre la definimos en Chile. Ni siquiera en el discurso se parecen nada a la izquierda, porque hoy hablan del “progresismo” sin que digan que es eso, pero todos sabemos que no es sino neo-liberalismo y economía de mercado.
Si vamos a hablar de izquierda, tenemos que empezar por el Partido Comunista (PC). No se puede negar que es un partido con principios y con un programa mínimo que busca la defensa de los intereses de los trabajadores. Se puede estar en desacuerdo con sus tácticas políticas, en especial aquellas que tienen que ver con su histórico apego a tratar de construir su fuerza propia y la fuerza del movimiento popular a través de la participación en la institucionalidad, pero no se puede cuestionar su condición de partido de izquierda.
Por eso están felices, hoy, de haber elegido tres diputados y volver al Congreso por primera vez después del golpe militar en 1973. La presencia actual allí del PC, podría tener importancia en la medida que logre abrir espacios para el desarrollo de un proyecto de izquierda mucho más claro que haga la diferencia en los sectores más marginados y sin protección; y que ayude a instalar un nuevo concepto de cambio radical. Pero también existe el peligro que el PC se sume a las posiciones de la Concertación para hacer oposición al nuevo gobierno de Piñera. De hecho algunos dirigentes han anunciado formar un bloque con la Concertación. Si lo anterior sucediera, provocaría un desdibujamiento de su perfil de izquierda y de nuevo una vuelta al pesimismo y la desconfianza de parte de los sectores populares, que no creen en quienes dicen estar del lado de los más necesitados pero inventan componendas, al estilo de los políticos del pasado, para empujar sus propios intereses y sin un discurso que hable de socialismo.
Y para muchos, pareciera que hasta allí llega la izquierda, pues los demás pasan a ser anarquistas sin proyectos, terroristas interesados sólo en la violencia y en el mejor de los casos “soñadores” de utopías del pasado, desfasados en el tiempo que “no quieren ver la nueva realidad.
Pero la realidad es que más allá de PC existe otra izquierda, que sigue creyendo en un proyecto socialista que no es necesariamente el socialismo de hace 40 años atrás. No es cierto que esta izquierda no dé cuenta de los cambios del capitalismo y de la sociedad del siglo XXI. Es una izquierda, en la que parte de ella, sigue trabajando por el desarrollo de las ideas marxistas y el análisis de la realidad utilizando métodos científicos, y que sigue creyendo en la vigencia de la Revolución.
Esta otra izquierda no tiene un discurso moderado, porque no tiene aspiraciones de participación -o forma de crecimiento- en la institucionalidad vigente. Ahora, es claro como el agua que su situación es precaria, que esta mal organizada, que sus herramientas ideológicas son débiles (la lucha contra la represión cultural e ideológica de la derecha y la Concertación no ha sido fácil), y su inserción social (en lo laboral, estudiantil y poblacional) es igualmente escasa. Pero sus ideas siguen siendo una alternativa a considerar. Es más, hay esfuerzos titánicos en desarrollo en busca de la unidad y aunque muchas de estas iniciativas no consigan todos sus objetivos, son válidas por el precedente que van dejando y porque permiten que los militantes de esta izquierda se vayan conociendo mejor.
Entonces, en mi opinión, no se puede reducir la izquierda sólo a la tradicional. Existe esta otra muy débil aún, pero esta ahí; y es necesario considerar cual va a ser su conducta en esta nueva situación de gobierno de derecha.
Desde el punto de vista de esta izquierda, la derrota de la Concertación significa que el espacio será un poco más claro en cuanto a la verdadera cara del sistema, sin el maquillaje de la Concertación y podría mejorar las condiciones para crear conciencia y estimular el desarrollo organizacional y así enfrentar de mejor manera las arremetidas que impulsará Piñera. No sin dificultades, porque Piñera es un experto en demagogia y sabrá manipular la opinión pública. No olvidemos que maneja un tremendo aparato comunicacional que incluye diarios y televisión. Con la excepción del Siglo y Punto Final, no hay más prensa masiva opositora, ya que la Concertación optó por deshacerse hace muchos años de la prensa que se había desarrollado en la lucha contra la dictadura. Lo que viene, sin dudas, es muy interesante desde todo punto de vista. Esta izquierda no-institucional podría jugar un rol importante en el desarrollo de una plataforma unida de enfrentamiento al gobierno de los empresarios que encabezará Piñera. Debería estar atenta al desarrollo de los acontecimientos y visualizar el espacio sobre el que pisa y sacar el mayor provecho posible para la causa, a pesar de todas sus debilidades, para llevar a cabo una línea de acción y movilización.
Como se ve, no es sólo tarea de la Concertación diseñar una conducta frente al gobierno de derecha. También lo será para la verdadera izquierda la cual tiene el difícil desafío de aprovechar con inteligencia, claridad y organización las contradicciones de clase que el gobierno de Piñera indudablemente ira generando. De hecho ya conocemos cual serán algunas de sus prioridades, privatizar CODELCO, quitarle los beneficios de indemnización a los trabajadores e imponer la “flexibilización laboral”.
La derrota de la Concertación nos pone en un escenario diferente a todos los conocidos en los últimos veinte años. La derecha vuelve al asalto de La Moneda y de Chile, esta vez con los votos de una mayoría de los electores. Podría ser una buena oportunidad para la Izquierda para crecer, para convertirse en alternativa y para volver a levantar un programa propio y devolver la esperanza a un pueblo que al momento no tiene ninguna alternativa.

*El autor es miembro del Colectivo PENSARAXION, organización de educación popular.

Wednesday, January 27, 2010

Chile: El Original y la Copia

*Atilio A. Borón

Para la Concertación el triunfo de la derecha (en realidad, de su variante más virulenta: la pinochetista) en las elecciones presidenciales chilenas podría considerarse como un ejemplo más de una “crónica de una muerte anunciada.” La progresiva asimilación del legado ideológico de la dictadura militar por los principales cuadros de la alianza democristiana-socialista hizo que la diferenciación entre la Concertación y los herederos políticos del régimen militar: Renovación Nacional (su ala “moderada”, si es que un “pinochetismo moderado” puede ser otra cosa que un oxímoron) y la Unión Demócrata Independiente, sus batallones más cavernícolas, fuera desvaneciéndose hasta tornarse imperceptibles para el electorado. Fernando Henrique Cardoso -mejor sociólogo que presidente- gustaba repetir a sus alumnos que “a la larga, los pueblos siempre van a preferir el original a la copia.” Y tenía razón. En este caso, el original era el pinochetismo y su heredero: Sebastián Piñera; la Concertación y su inverosímil candidato, la copia.
¿Constituye esto una injusta exageración? Para nada. Oigamos lo que decía Alejandro Foxley, quien entre 1990 y 1994 se desempeñó como Ministro de Hacienda del gobierno de Patricio Aylwin, ni bien inaugurada la “transición democrática”. En ese cargo Foxley se esmeró en preservar y profundizar el rumbo económico impreso por la dictadura. Senador por la Democracia Cristiana entre 1998 y 2006 y Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Michelle Bachelet entre el 2006 y el 2009, toda su actuación pública estuvo marcada por una incondicional sumisión a las orientaciones establecidas por Washington y sus representantes locales en Chile.
Este altísimo personero de la Concertación declaraba en Mayo de 2000 que “Pinochet realizó una transformación, sobre todo en la economía chilena, la más importante que ha habido en este siglo. Tuvo el mérito de anticiparse al proceso de globalización... Hay que reconocer su capacidad visionaria (para) abrir la economía al mundo, descentralizar, desregular, etc. Es una contribución histórica que va perdurar por muchas décadas en Chile... Además, ha pasado el test de lo que significa hacer historia, pues terminó cambiando el modo de vida de todos los chilenos para bien, no para mal. Eso es lo que yo creo, y eso sitúa a Pinochet en la historia de Chile en un alto lugar” [1]. ¡Pinochet visionario, Pinochet creador del Chile moderno, Pinochet cambiando a Chile, para bien! Los horrores del pinochetismo con su secuela de miles de muertos, desaparecidos, torturados, asesinados, las libertades conculcadas, el terrorismo de Estado y la violación sistemática de los derechos humanos: todo es mañosamente invisibilizado en la sofistería del tecnócrata “progresista”.
Con dirigencias que sostenían un discurso como éste (que muchos compartían si bien pocos se atrevían a manifestar con tanto descaro) y con políticos que, en muchos casos, fueron abiertamente golpistas y facilitadores del zarpazo que perpetraría Pinochet en 1973 (cosa que algunos parecen haber olvidado), ¿podía la Concertación ser creíble como una alternativa superadora del pinochetismo? En realidad, lo que habría que encontrar es la razón por la cual la ciudadanía chilena no se decidió mucho antes a sustituir la copia por el original.
Pero la continuidad entre el pinochetismo y sus sucesores “democráticos” no se verifica sólo en la admiración, abierta o vergonzante, por la obra y el legado histórico de Pinochet. También se demuestra en las políticas económicas “pro mercado” y “pro inversión” (y, por lo tanto, “antijusticia y antiequidad”) implementadas por la Concertación a lo largo de dos décadas y en el supersticioso respeto por la Constitución de 1980, una obra maestra del autoritarismo y formidable barrera contra cualquier pretensión seria de democratizar la vida política chilena. En sus treinta años de vida ese cuerpo constitucional sólo experimentó reformas marginales, la más importante de las cuales fue la reducción del mandato presidencial a cuatro años y la imposibilidad de una inmediata reelección. Pero la camisa de fuerza que esclerotizó un sistema partidario que en las elecciones del pasado domingo terminó de morir, el régimen binominal, permaneció incólume al igual que las escandalosas prerrogativas de unas fuerzas armadas que, aún hoy, distan mucho de estar supeditadas al poder civil [2]. Esa Constitución hace que Chile incurra en un exorbitante gasto militar, varias veces superior, por ejemplo, al de Venezuela, cuya cuantía desvela los sueños de la Secretaria de Estado Hillary Clinton.
Con el triunfo de Piñera el sistema partidario urdido por el régimen pinochetista fue herido de muerte. La implosión de la Concertación parece ser su destino inexorable, y con ello el fin de su espurio bipartidismo. Una parte importante de la democracia cristiana se acercará al nuevo gobierno mientras que otro sector procurará encontrar un difícil y poco promisorio camino propio. No muy diferentes son las perspectivas que enfrenta el socialismo chileno, escindido entre un sector mayoritario que se adhirió sin reservas al neoliberalismo y otro, muy minoritario, que aún conserva una cierta fidelidad al noble legado de Salvador Allende, que debe de estar revolcándose en su tumba al ver lo que hicieron sus supuestos herederos políticos. El futuro del PS no parece muy distinto del que tuvo en su momento el Partido Radical chileno, poderoso en los años treinta y cuarenta para luego languidecer hasta su completa irrelevancia. Veinte años de gobiernos “progresistas” no fueron suficientes para consolidar un bloque histórico alternativo, pero lograron unificar a una derecha que ahora se enseñorea de la vida política del país, completando exitosamente un tránsito desde el predominio económico-financiero -fomentado por las políticas económicas de sus predecesores en La Moneda- hacia la preeminencia política.
La supremacía derechista se verá facilitada por la descomposición del polo del “centro izquierda” y su atomización en varios partidos, ninguno de los cuales, al menos hoy, tendría condiciones de desafiar la hegemonía de la derecha. Queda por ver de qué forma reaccionará el heterogéneo espacio político que se encolumnó tras la candidatura de Marco Enríquez Ominami, cuyo desempeño en la primera vuelta electoral barrió con todos los pronósticos alcanzando un notable 21 por ciento de los votos, principalmente de los jóvenes. Un dato nada menor que habla con elocuencia de la frustración ciudadana es el desinterés por la política de los jóvenes: se calcula que unos tres millones y medio de ellos no se registraron para votar, desalentados por la despolitización que la Concertación promovía en la gestión de los asuntos públicos. De haberlo hecho, los resultados del pasado domingo bien podrían haber sido diferentes, pero esto ya es un ejercicio contrafactual que no viene al caso proseguir aquí. A guisa de ejemplo: en el rico distrito de Las Condes se registró para votar algo más del cincuenta por ciento de los jóvenes entre 18 y 19 años. En cambio, en la comuna obrera de La Pintana sólo 300 de los más de 8.000 jóvenes que allí viven hicieron lo propio, es decir, poco más del 3 por ciento. En resumen: Chile tiene un electorado envejecido, cada vez más conservador, con pocos jóvenes que, además, sobrerepresentan a los sectores más acomodados de la sociedad chilena [3].
La derrota de la Concertación pone de manifiesto los límites del llamado “progresismo”, una suerte de tercera vía que habiendo fracasado estruendosamente en Europa –sobre todo en el Reino Unido y Alemania- procuró, sin éxito, tener mejor suerte en América Latina. Lo que caracteriza a los gobiernos de ese signo político es su incondicional sometimiento a las fuerzas del mercado y la debilidad de su vocación reformista, carente de la osadía necesaria para traspasar las fronteras trazadas por el capitalismo neoliberal. Una de las claves para entender las desventuras electorales del centro izquierda en esta parte del mundo la ofrece la dispar fortuna que la separa de los gobiernos que emprendieron con decisión el camino de las reformas -sociales, económicas e institucionales- como Venezuela, Bolivia y Ecuador. Mientras que éstos parecen ser máquinas imparables de ganar elecciones por cifras abrumadoras, en Chile el progresismo ha sido derrotado al paso que en la Argentina y Brasil se enfrenta a la eventualidad de ser desalojado del poder en los próximos recambios presidenciales. Conclusión: si un gobierno quiere ser ratificado en las urnas el camino más seguro es avanzar sin dilaciones ni titubeos por el camino de las reformas y, de ese modo, cristalizar una base social de apoyo popular que le permita triunfar en las contiendas electorales. Quienes no estén dispuestos a seguir este curso de acción pavimentan con su claudicación el camino para la restauración de la derecha.
Una última consideración: la derrota de la Concertación gravitará y mucho en el escenario sudamericano. Las cosas se pondrán más difíciles para los gobiernos de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Cuba; la ampliación del MERCOSUR con la plena incorporación de Venezuela sufrirá renovados tropiezos, si bien no de manera directa puesto que Chile no es miembro pleno de ese acuerdo; y con el triunfo de Piñera el bloque derechista controla, con la honrosa excepción del Ecuador, todo el flanco del Pacífico latinoamericano. Además, el “efecto demostración” del desenlace electoral chileno podría llegar a ejercer un cierto (y negativo) influjo sobre las elecciones presidenciales de octubre de 2010 en Brasil y las que tendrán lugar el año siguiente en Argentina, en ambos casos dando pábulos a los candidatos de la derecha.
Por otra parte, la belicista contraofensiva imperial de Estados Unidos (Cuarta Flota, bases militares en Colombia, golpe en Honduras, reconocimiento de las fraudulentas elecciones de ese país, etcétera) contará a partir de marzo con un nuevo aliado, liberado de cualquier compromiso, aunque sea retórico, con el proyecto emancipatorio latinoamericano. Hay que recordar que aún bajo los gobiernos “progres” de la Concertación el papel que éstos desempeñaron fue siempre el de un operador privilegiado de Washington en América del Sur . En la Cumbre de Mar del Plata que culminó con el naufragio del ALCA las voces cantantes a favor de ese acuerdo fueron las de Ricardo Lagos y Vicente Fox, bajo la complacida mirada de George W. Bush. Ahora esa tendencia “aislacionista” -y, en el fondo, antilatinoamericana- se acentuará aún más, revirtiendo una profunda vocación latinoamericana que Chile supo tener y que bajo la presidencia de Salvador Allende llegó a su apogeo. Pero ese país ha cambiado, “para bien” como lo recordaba el ex Canciller de la Concertación y hoy es el verdadero campeón del neoliberalismo, título ganado entre otras cosas mediante la firma de tratados bilaterales de libre comercio que regulan sus relaciones económicas con más de 70 países.
Desde la época de la dictadura militar el desdén de La Moneda por América Latina ha sido proverbial y continúa hasta el día de hoy. Una muestra rotunda de este desinterés la brinda el hecho de que Chile prefiere importar petróleo desde Nigeria antes que hacerlo desde Venezuela o llegar a un acuerdo con Bolivia. Hace apenas un par de días Sebastián Edwards, uno de los publicistas del neoliberalismo latinoamericano y seguramente futuro consultor del nuevo gobierno, ratificaba la vigencia de la doctrina pinochetista diciendo que “económicamente nuestro futuro está en el mundo y no en América Latina. Debemos dejar de compararnos con nuestros vecinos. América Latina es nuestra geografía; nuestras aspiraciones deben ser llegar a ser como los países de la OCDE” [4]. Por eso los necesarios procesos de integración supranacional actualmente en marcha en América Latina -desde el MERCOSUR hasta la UNASUR, pasando por el Banco del Sur y otras iniciativas semejantes que el imperio invariablemente se ha esmerado en postergar o desbaratar- no habrán de cobrar nuevos bríos con Piñera instalado en La Moneda.
Con Frei las cosas no hubieran sido muy diferentes, pero al menos éste tenía un vago compromiso con el electorado que en el caso de su contendiente no existe. Lo que hay detrás de Piñera, en cambio, es la rabiosa gritería de sus partidarios celebrando la victoria de su candidato con imágenes y bustos de Pinochet y cánticos exhortando a acabar de una buena vez con los “comunistas” infiltrados en el gobierno de la Concertación. Nada nuevo bajo el sol. La década no podía haber comenzado peor. Más que nunca en tiempos como estos adquiere vigencia, para quienes quieren cambiar un mundo que se ha vuelto insoportable y no solo insostenible, aquel sabio consejo de Gramsci: “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”.

Notas:
[1] Cf. Cosas, 5 de Mayo del 2000. Reproducido en Marcos Roitman Rosenmann, Pensar América Latina. El Desarrollo de la sociología latinoamericana (Buenos Aires : CLACSO, 2008)
[2] Sobre el carácter eternamente inconcluso de las transiciones democráticas en América Latina remitimos al lector a nuestro Aristóteles en Macondo. Notas sobre el fetichismo democrático en América Latina (Córdoba: Ediciones Espartaco, 2009)
[3] Ver “ El espejismo del voto voluntario”, que Qué pasa?, http://www.quepasa.cl/articulo/19_1944_9_2.html
En ese mismo reporte se consigna que “los investigadores chilenos Alejandro Corvalán y Paulo Cox concluyen que la proporción de jóvenes chilenos del quintil más pobre, entre 18 y 19 años, que se inscribe en los registros electorales, es la mitad de la que lo hace en el quintil más rico.”
[4] Cf. El Mercurio, Martes 19 de Enero de 2010, p. B-14.
*El autor es Sociólogo y Académico en el Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales, de la Universidad de Buenos Aires. El artículo fue publicado originalmente en el periódico digital Rebelión.

*El autor es Sociólogo y Académico en el Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales, de la Universidad de Buenos Aires. El artículo fue publicado originalmente en el periódico digital Rebelión.

Sunday, January 24, 2010

La Derrota del 17 de Enero

Por Rolando H. Vergara
La noticia llegó escueta, Piñera electo Presidente con el 51.60% de los votos. Después de 20 años en el poder la Concertación de Partidos por la Democracia se revuelca, en estos días, en su propia soberbia y muerde el polvo de la derrota.
Ninguna de sus argucias, como esa de que “hay que parar a la derecha” o que “somos el progresismo” dieron resultado. Los socios útiles provenientes de la izquierda claudicante, en particular, del Partido Comunista y su “Juntos Podemos” que pactaron con anticipación votar por Eduardo Frei tampoco pudieron salvarla. La carta del “mal menor” -éticamente ya insostenible- que la Concertación tenía escondida en su manga y que la sacó de apuros en ocasiones anteriores, esta vez igualmente, no sirvió de nada. La frustración y la indignación ciudadana acumulada en estos 20 años, hicieron oído sordo a las promesas de última hora y al chantaje y terminaron por mandar al museo de la historia a la agonizante coalición política y su candidato.
La derrota del 17 de enero se veía venir después del estrepitoso desastre electoral de Freí en la primera vuelta. ¿A quiénes van a culpar ahora de la derrota? Van a culpar a los más de 3 millones de jóvenes que no se inscribieron, a ME-O, a los indiferentes que no se tomaron la molestia de ir a sufragar, o aquellos ciudadanos que postularon legítimamente la opción del voto nulo?
La derrota política irrecusable representa, sin dudas, el rechazo categórico a las políticas de sus distintos gobiernos. Desde Patricio Aylwin hasta Michelle Bachelet, la Concertación no hizo otra cosa que administrar y consolidar, con bastante éxito, la institucionalidad económica y política heredada de la dictadura.
Es una realidad incuestionable que la Constitución de 1980 y todas las leyes fundamentales que rigen el sistema económico, político, social y cultural de nuestro país fueron impuestas por la dictadura, tales como las leyes que limitan el rol del estado en la economía, que conculcan los derechos laborales y sindicales de los trabajadores, o aquellas que convirtieron en un negocio la salud, la educación y la previsión social de los chilenos. Ninguno de los cuatro gobiernos impulsó reformas profundas destinadas a cambiar los pilares esenciales de la democracia tutelada y el modelo neoliberal.
Desde el inicio se vistieron con el mismo traje neoliberal, sustentaron las mismas ideas y aplicaron las mismas recetas políticas, llegando con el tiempo a parecerse tanto a la derecha que a la hora decisiva de votar, la gente no supo distinguir quien era quien. Los ciudadanos no percibieron ninguna diferencia entre la derecha concertacionista y la extrema derecha pinochetista.
La derrota del “17” expresa también un profundo descontento de los pueblos y los trabajadores quienes han sufrido las consecuencias de los distintos gobiernos. El modelo económico chileno, publicitado como el paradigma de desarrollo para América Latina, sin dudas ha generado una gran riqueza, pero esta se ha concentrado en las manos de unos pocos grupos económicos y se ha logrado a costa de la explotación indiscriminada de los recursos naturales y de los trabajadores. El sistema capitalista globalizado por condición intrínseca produce una creciente desigualdad en la distribución de la riqueza.
Se puede afirmar, inequívocamente, que uno de los legados más nefastos de las dos décadas de gobiernos concertacionistas, según diversos estudios de organismos nacionales e internacionales, es la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza. Chile es considerado uno de los países más desiguales del mundo, donde el 10 % más rico de la población chilena se lleva el 41,7 % del ingreso nacional, mientras el 10 % más pobre recibe sólo el 1,6%. Las tremendas utilidades de las grandes empresas y la banca, no tienen ninguna relación con los salarios medios de los trabajadores chilenos, con su precaria calidad de vida y sus escasa seguridad social.
Algunos señalaron que la izquierda responsable debía votar por Freí en la segunda vuelta. En otras palabras, eso significaba que era responsabilidad de la izquierda salvar una coalición política que se esmeró en consolidar la versión más salvaje del capitalismo, que creó niveles extremos de desigualdad económica, que entregó gran parte de los recursos naturales a la voracidad del capital transnacional y que privatizó casi todos los bienes que son de todos los chilenos. ¿De donde sacaron que podría ser responsabilidad de la izquierda auxiliar a una coalición política que rescató a Pinochet en Londres e impidió que la justicia chilena lo juzgara por sus crímenes, y que ha reprimido de manera brutal los movimientos sociales y al pueblo Mapuche?
Absolutamente no. No ha sido ni será jamás misión de la izquierda consecuente salvar a defensores del capitalismo, a quienes excluyen, oprimen y explotan a la mayoría de los chilenos.
La derrota del “17” fue responsabilidad única y exclusiva de la inepcia y falta de visión de los actores políticos concertacionistas.

Nota:El autor es Profesor e Investigador del Latin American Research Institute (LARI).

Saturday, January 23, 2010

El Retorno de la Derecha en Chile

por Nieves y Miro Fuenzalida.

¿Por qué la derecha ha vuelto al poder en Chile? Lo primero que a uno se le ocurre es que este resultado no es del todo sorprendente porque solo confirma la nueva realidad política del continente después del término de la etapa de gobiernos dictatoriales y autoritarios. Las últimas dos décadas han mostrado que los gobiernos de izquierda no han sido eventos singulares o victorias aisladas, sino parte de un limitado proceso democrático en desarrollo que su participación no pone en peligro. Tanto la izquierda que reemplaza la herencia de la ideología leninista de la revolución Bolchevique por el pragmatismo y la moderación y la izquierda basada en símbolos nacionalistas y populistas del pasado que apela a los pobres con retóricas inflamatorias y programas de re-distribución financiados por la expansión fiscal son predominantemente moderadas. A pesar de la retórica revolucionaria que las diferencia, son más homogéneas y menos radicales de lo que uno podría creer.
A diferencia de los tiempos pasados la izquierda en Chile y en todos los países latinoamericanos han optado, libre y concientemente, a participar en el juego electoral abandonando la vía violenta o la ideología revolucionaria al re-organizar las fuerzas laborales y las organizaciones cívicas y partidistas con miras a la victoria electoral. Este significativo cambio estratégico ha ocurrido gradualmente después del periodo de re-democratización. Para nadie es un misterio que esta moderación política surge como producto de esta transición pactada a la democracia cuyo principal objetivo era la marginalización de la izquierda. El peligro de ir demasiado a la izquierda fue internalizado por el electorado y los grupos progresistas que reconocieron que el apoyo a candidatos centristas podría asegurar el restablecimiento de las instituciones democráticas y evitar el retorno del autoritarismo (Chile, Brasil). Este modelo creo las condiciones para el surgimiento de las victorias de la izquierda cuando gobiernos de centro derecha fracasan en su actuación y, especialmente, cuando el electorado se siente mas seguro de la estabilidad de las instituciones democráticas. La izquierda triunfa porque las elites gobernantes han fracasado en la re-distribución de las riquezas. El problema es que una vez en el poder, la integración de la economía internacional y el predominio del neo-liberalismo han limitado a la izquierda a llevar a cabo políticas socialistas o de re-distribución radical que, en el pasado, fueron la causa que instigaran a la derecha a los golpes militares. Las políticas neol-iberales son anatema para la izquierda, porque han sido un fracaso en el alivio de la pobreza, la re-distribución y el desarrollo humano. Otros sectores, en cambio, reconocen que las políticas neo-liberales han sido capaces de controlar la hiper-inflación y lograr un moderado crecimiento económico. Los gobiernos de izquierda inclinados a desafiar las políticas neol-iberales se ven obligados a evitar, si quieren mantener la coalición, provocar serios problemas macro-económicos o la vuelta de la inflación. La integración económica internacional, además, constriñe a los gobiernos que dependen del libre intercambio y del capital internacional a perseguir políticas que podrían amenazar el flujo de capitales. El caso de Venezuela es ilustrativo, porque muestra cuan difícil es para los gobiernos de la izquierda escapar a los dictados del orden económico internacional. Las reservas de petróleo y su alto precio lo hacen el único país latinoamericano con una fuente de riqueza verdaderamente independiente que le da a Chavez cierta capacidad de movilidad política comparado con los otros, que al no tener esa riqueza, se les hace difícil desafiar de manera significativa el sistema económico regional. Solo que cuando el precio del petroleo baja Chávez enfrenta graves problemas. Evo Morales, por otro lado, incluso con su limitado poder negociador que le dan sus reservas de gas natural, se ha visto forzado a moderar sus aspiraciones anti-neoliberales y es difícil que podamos ver allí un rompimiento radical con el sistema neo-liberal.
Si las circunstancias que han hecho posible el viraje a la izquierda (desigualdad, movilización de masas) son características constantes del continente, no hay razón, entonces, para pensar que la participación de la izquierda en los procesos electorales es algo transitorio, lo que indica una transformación significativa en su actuación política. La izquierda no siempre ganara, como hoy en Chile, pero permanecerá como una fuerza competitiva por un largo tiempo. Su futuro dependerá de su habilidad para balancear las necesidades pragmáticas de moderacion y el imperativo moral a perseguir estrategias que lleven a la disminución de la pobreza, la distribución y el desarrollo. La izquierda chilena volverá porque el futuro político de Chile será la administración alternativa del capital entre la derecha y la izquierda.
¿Significa esto que la conclusión que debemos extraer es que la izquierda se ha resignado a aceptar este arreglo social como el único sistema social posible, al abandonar cualquier intento real de reemplazar el régimen capitalista liberal existente? Hubo un tiempo en que podíamos entender claramente lo que Marx significaba cuando hablaba de reemplazar el régimen capitalista, porque lo hizo explicito tantas veces. Y lo mismo, Lenin y Trotsky. Pero hoy día ¿Qué significa la lucha por cambiar el capitalismo? ¿La imposición de la dictadura del proletariado? ¿La socialización de los medios de producción y la abolición de los mecanismos del mercado? ¿O se postula otro modelo social alternativo? ¿Y cual seria la estrategia política para lograrlo? Lo cierto es que no sabemos con claridad lo que la actual retórica revolucionaria propone. Y sin esta claridad elemental el electorado solo tiene estas dos alternativas. Sin empezar a responder estas cuestiones las posturas anticapitalistas son vacías y no significan absolutamente ninguna cosa... ¿O… lo que realmente se tiene en mente, en cambio, es algo distinto a esto, como por ejemplo, el cambio del modelo económico neo-liberal y la introducción de regulaciones estatales y control democrático de la economía para disminuir o evitar los peores efectos de la globalización? Si es esto ultimo, entonces, de lo que estamos hablando no es de revolución, sino de algo diferente.

Nota: Los autores son escritores y docentes chilenos residentes en Ottawa.

Monday, December 7, 2009

Chile No Se Agota en Diciembre o La Construcción del Poder Alternativo

por Claudio Filippi Peredo y Rafael Gumucio Rivas
Para nadie es un asombro el escuchar que el poder en Chile está concentrado en pocas manos, las que dirigen los destinos de millones desde sus posiciones de privilegio, imponiendo no sólo la agenda pública o privada sino también la cultura y el pensamiento dominante.
Esas pocas manos, todos representantes de la clase alta de éste país y de la oligarquía gobernante, usufructúan de todos los poderes: el poder político, el poder de las comunicaciones, el poder económico, el poder militar, el poder simbólico y el poder religioso. Con todos ellos maniatan, enceguecen o idiotizan al resto de la población conduciéndola a ceder el único poder que el chileno común y corriente posee, uno que podríamos denominarlo el poder del pueblo.
Ese poder, se manifiesta de manera imperfecta aunque no exclusiva a través del ejercicio electoral. En ese ejercicio, los ciudadanos concurren a elegir a candidatos que ellos no alzaron y que son miembros, en su mayoría, de las propias oligarquías y representantes de los intereses de grupo y no de proyectos colectivos y compartidos que hablen de la construcción de una nueva sociedad y un nuevo futuro. Eso se suma, a la existencia de leyes electorales que fueron diseñadas para distorsionar la voluntad popular y convertir en hegemónico el modelo político, social y económico impuesto desde la propia oligarquía.

Por eso, es que el resto de los poderes se unen para limitar la expresión genuina del pueblo en el ejercicio electoral. La consigna es que el pueblo debe legitimar con su derecho a sufragio el modelo impuesto y administrado por pocos pero, en ningún caso, cambiarlo. Y cada vez que emitimos un voto legitimamos el orden de cosas existente, haciendo real la paradoja de la política chilena, encerrada en un camino que alguna vez llamamos transición.
Las alternativas frente a ese aparente callejón sin salida son pocas y nos exigen diferenciar claramente la táctica de la estrategia.
La táctica del momento es que utilizando, con todas sus manifiestas imperfecciones el derecho a sufragio logremos elegir por un lado, en lo presidencial, la mejor opción electoral y de cambio para éste país. Por el otro lado, en lo parlamentario, debemos llevar al Congreso Nacional la mayor cantidad de representantes genuinos de ese cambio. Ellos deben ser la base para las reformas profundas que Chile requiere en la primera etapa de nuestra lucha.
Ese logro, es sólo el objetivo táctico inicial y no podemos olvidar que nuestro objetivo estratégico global es la reconfiguración del esquema de poderes en éste país a beneficio de los sectores mayoritarios y no de minorías privilegiadas.
1.Lo primero, en ese itinerario debe ser la reforma amplia del poder político, logrando una nueva Constitución genuinamente democrática, la que debe ser legitimada por la participación del pueblo en una Asamblea Nacional Constituyente. Los principios que creemos que debe contemplar esa Constitución ya los hemos señalado previamente, y no es menester analizarlos profundamente: Semipresidencialismo, Parlamento unicameral, Referéndum revocatorio de las autoridades, Federalismo atenuado, consagración de las Juntas Vecinales como micro-órganos de gobierno territorial, etc.
Al interior del Estado debe instituirse la figura del Defensor del funcionario público, ente autónomo e independiente de las jefaturas de turno que garantice un trato respetuoso, digno a todos los funcionarios públicos.
2.Lo segundo, debe ser la reforma amplia y la democratización del poder comunicacional.
Las concesiones radiales y televisivas deben ser revisadas. Hay que fortalecer las radioemisoras locales, combatiendo la concentración metropolitana de las cadenas de radioemisoras. Hay que nacionalizar las concesiones radiales impidiendo la concentración en manos extranjeras de las mismas.
En lo televisivo, hay que revisar el sistema de concesiones de frecuencias y garantizar el financiamiento público a canales de televisión independientes, sin fines de lucro y que representen propuestas culturales e informativas alternativas que den participación real a la ciudadanía.
En la prensa escrita debe garantizarse la equidad en el acceso a la publicidad estatal a los medios independientes y financiarse con fondos públicos los proyectos de prensa independiente, combatiendo la monopolización de la información por parte de los sectores dominantes.
3.Lo tercero, en el poder económico es imprescindible reforzar la participación estatal en áreas estratégicas como la salud y la educación. Deben renacionalizarse las aguas y la minería.
Hay que refundar el transporte urbano público y sustituir las soluciones privadas conocidamente fracasadas.
Hay que fortalecer y renovar el cooperativismo en todas sus formas, democratizando las cooperativas e impidiendo la concentración del control de estas organizaciones en algunas familias y grupos de poder. Las cooperativas deben ser autorizadas para entrar al sistema bancario y previsional, así como ampliar su acción a otras áreas como la salud cooperativa. Debe crearse la Superintendencia de Cooperativas, que apoye y fiscalice las mismas.
Hay que reformar, en serio y no sólo superficialmente el sistema previsional, garantizando pensiones dignas a los chilenos y volver a una jubilación por años de servicio para todos y no sólo para las fuerzas armadas. Es impostergable la creación de la AFP estatal.
En lo laboral se debe, entre otras cosas, reducir la jornada laboral a 36 horas semanales, garantizando que los trabajadores puedan estar con sus familias y crecer humana y socialmente.
Hay que garantizar por ley un sueldo mínimo profesional e impedir el abuso estatal y privado.
Hay que reenfocar el rol del Banco del Estado, haciéndolo cumplir su rol de promotor de la economía para los sectores económicos medios y bajos de la sociedad.
Debe fortalecerse el rol social de los Ferrocarriles del Estado e impedir su privatización.
4.El poder militar debe ser reestructurado.Hay que garantizar la gratuidad de los estudios militares para cualquier chileno que desee hacer carrera militar, eliminado la obsoleta distinción entre estudios para oficiales y suboficiales. Se debe, garantizar una carrera y una educación militar única y continua, que permita el acceso a los más altos cargos de cada entidad castrense de cualquier soldado, independiente de su origen social.
Debe permitirse la sindicalización de los militares, tal y como en los países europeos se hace.
5.Con todas esas reformas debe conformarse un nuevo poder simbólico dominante el que debe construirse como un modelo de sociedad pacífica, justa, igualitaria, democrática, participativa, respetuosa de los derechos humanos y de los pueblos originarios. Un modelo de sociedad que fortaleciendo el Estado, fortalezca a la vez al ciudadano como centro de toda política y actividad nacional.
Esa tarea nos obliga, a decir que Chile no se agota en Diciembre y que en cualquier escenario debemos construir el poder alternativo desde el pueblo.
Eso nos obliga a seguir trabajando de manera permanente, en lo que podemos llamar la “acción social permanente” de la izquierda chilena. La mayoría de las veces nos agotamos en lo electoral y nuestros esfuerzos solo van dirigidos a objetivos tácticos menguados y con resultados escuálidos.
Eso tiene que cambiar, y para ello hay que trabajar permanentemente rearticulando el poder del pueblo. Toda reforma profunda nace y se conduce a través de él. Sin el pueblo no hay reforma que sea legítima.
Llegar a la gran clase media trabajadora y mayoritaria debe ser nuestro objetivo. Debemos educar y construir una visión compartida, sentida de la realidad y de nuestro futuro.
Hay que soñar en conjunto una nueva sociedad y sentar las bases para rearticular lo político desde lo social y lo social desde lo político. Hay que incorporar en la construcción de ese sueño a los sindicatos y al resto del tejido social del país.
Las estrategias de lucha pacífica deben ser nuestra arma privilegiada.
No olvidemos, Chile no se agota en Diciembre. Hay que construir el poder alternativo.

Nota: El Dr. Claudio Filippi Peredo es médico psiquiatra, diplomado en Salud Mental de la Infancia y la Adolescencia. Rafael Luis Gumucio Rivas es historiador y escritor. Es autor de La Nueva Estrategia Frente al Poder (1973), El Desafío Democrático (1988) y El Desafío de La Soberanía Popular (1988) . Este articulo fue publicado originalmente en PiensaChile.com.